¡Y se hizo la luz!

//¡Y se hizo la luz!

¡Y se hizo la luz!

Al primero que se le “prendió el foco” por más de cuarenta y ocho horas, fue a Thomas Alva Edison. Inventó y perfeccionó la bombilla eléctrica entre otros mil inventos, productos cada uno, de cinco mil intentos fallidos, si es que no fueron más. Una vez, casi desmayándose de sueño y después de varias horas de trabajo, un ayudante suyo se atrevió a decirle:
-Maestro: ¿no le parece un desperdicio de tiempo y esfuerzo seguir realizando pruebas después de las diez mil fallidas que llevamos a cuestas?
“Al” -diminutivo con el que le llamaba su madre-, lo miró con cierta conmiseración y le replicó desde aquella perspectiva que tienen los tozudos iluminados:
-No, mi estimado idiota. Más bien considero cada una de las diez mil pruebas, una experiencia exitosa.
El ayudante se quedó más confundido aun sin poder entender la profundidad del concepto y Al tuvo que agregar:
-Hemos avanzado mucho demostrando que son diez mil formas incorrectas para hallar el resultado que buscamos, sonso.
Y como graciosa reprimenda, recuerdo que a él le dejaron de su breve paso por la escuela, mandó a tal ayudante a ponerse un capirote y llevarlo puesto durante todo el día, pues nadie en su laboratorio osaba entonces poner en duda la capacidad de logro del genio. Otro ayudante que sabía de la valía de su jefe murmuró asombrado: “No hay nada qué hacer, el que tira, tira y el que no tira, mira”.
Refiero esta anécdota pues no tengo duda de que muchos genios pasaron por este mundo, pero fueron unos pocos quienes conocieron el éxito y el reconocimiento, tal como sucedió con Edison. Imagínense cuántos quedaron perdidos, frustrados en el anonimato y vencidos por los mil desafíos que tal don conlleva. No es suficiente ser genio. La genialidad, por sí sola, no es garantía del éxito. Y con genio no me refiero a varios de los que por allí andan sueltos, porfiando ser considerados como tales y no pasan de ser unos sabelotodo o como a mí personalmente me gusta decirles: “ilustrados idiotas”.
Edison no solo tuvo una inventiva poderosa. Su especial caso demostró que había que ser trabajador incansable, constante, valiente, muy valiente y tener mucha confianza en sí mismo para enfrentar la otra cara de esa moneda de los elegidos: el castigo, la incomprensión, la crítica, la burla, la envidia y la discriminación de seres menores, quienes escudados en las creencias gregarias de lo comúnmente aceptado, son expertos del bulling intelectual. No hay camino más solitario que el recorrido por el genio.
El cabezón Al, con eternos ojos de infante y cejas de viejo, jamás fue un niño mimado por la fortuna. Sospecho que allí también radicó el primer secreto de sus posteriores éxitos y grandeza. Sin duda, y que lo digan los japoneses y su constreñida riqueza insular, no hay mejor motor motivador que la carestía. Por el contrario, países y sociedades enteras a quienes les tocó por simple azar, inimaginables riquezas en el subsuelo de sus territorios, tienden a degradarse, relajarse, regodeados en el facilismo que solo les implica escarbar u horadar la panza de la tierra bajo sus pies.
Lo digo así, porque desde una microperspectiva, los padres de hoy en día, en su afán por dar todas las comodidades materiales y la instrucción prefabricada y recetada a sus hijos, les castran la posibilidad de desarrollar el primer sentido primitivo: la capacidad de sobrevivencia y su anexo exquisito: la creatividad e iniciativa que solo eclosiona en esta etapa, mientras el cerebro intacto va potenciando su capacidad sináptica.
Aprender la disciplina de autosatisfacer una necesidad o resolver una dificultad, que debiera incluir un método para manejar, enfrentar y asimilar el fracaso en tal persecución, es un arte perdido. Hoy, más que nunca, en una sociedad consumista de mil alternativas resueltas y productos que evitan todo esfuerzo. Estas modernas soluciones incluyen el delivery y promueven inconscientemente (o quizás con mucha consciencia), la pereza del pensamiento y la inacción física del hombre actual. Se ha inutilizado nuestra mano de obra y su capacidad de usar herramientas elementales, todo a cambio de clikear el pedido o tercerizar todo esfuerzo. Quizás por ello hay tanto gordo, rollizo y panzón, no solo de cuerpo sino peor: de mente. El caso de Edison fue distinto, por eso viene a mención. Al fue un niño mimado en un sentido muy distinto: fue hijo positivo de la carestía e incomprensión; marcas, sino y luz, típicas de un genio creativo que supo alzarse por sobre toda dificultad.
Cuando pudo ir al colegio ya tenía ocho años y tal experiencia fue tan bien aprovechada, que apenas a los tres meses terminó felizmente expulsado, acusado por su profesor de poco menos que idiota e intelectualmente estéril.
“¿Con que herramienta llegó a tal conclusión?”, preguntó su madre Nancy, “¿Con su cerebro de asno? ¡fuck…!”.
Desde entonces, Al siguió su desarrollo intelectual teniendo por instructores a su madre (exprofesora, jubilada forzosamente por las tareas de la casa), su infatigable curiosidad y la hermosa manía lectora desarrollada a temprana edad. Jamás tuvo necesidad de volver a pisar un colegio, instituto o universidad, salvo para ser homenajeado y reconocido en tardía y siempre interesada reacción. En suma: aprendió lo que mayoría de genios que pasaron por este mundo hicieron con extrema eficiencia: ser un autodidacto.
Nacido en Milan, en el estado de Ohio el 11 de febrero de 1847, Al fue el menor de los hijos de Samuel Edison y Nancy Matthews. Ya que la línea de los rieles del tren dictaban el mapa de prosperidad de los pueblos en aquel entonces, Milan cayó en la pobreza cuando no se escuchó jamás el silbato de uno de ellos pasando por allí y la familia tuvo que trasladarse de aquel pueblo olvidado a otro más próspero: Port Huron, en Michigan.
Para abreviar la historia diremos que a los diez años, Al ya tenía un laboratorio experimental en el sótano de su casa donde fungía de precoz alquimista, mezclando y probando la reacción de diversas sustancias que asustarían a cualquier padre de hoy en día, pero que a él le develaban el misterio práctico y útil de futuras aplicaciones, nacidos de aquel empirismo tan suyo.
“Y ahora, ¿qué está haciendo el nervioso signo de pregunta?”, solía preguntar su padre Samuel cada vez que no veía a su hijo. Esa pregunta era su reacción más benigna, pues las más duras ya las había ejercitado dando más de un baile de correazos a su hijo en plena plaza principal y con público asistente, como castigo por haber incendiado el granero durante uno de sus experimentos. La constante pregunta de su hijo: ¿Por qué esto… por qué lo otro? Tenía cansado a todos en la familia. Era la herramienta infantil que usó hasta viejo para escarbar en el conocimiento. Y cuando nadie podía explicarle satisfactoriamente un misterio él recurría a los mil experimentos. Su lema era el mismo que solía decir ese hermoso dibujo animado de “Anteojitos Antifaz y la bruja Cachavacha”: Mil intentos, un invento. ¿Alguien lo recuerda?
Cuando a Edison no le satisfacía una explicación recurría entonces a encontrarlo él mismo haciendo los experimentos más audaces que cobraba víctimas insospechadas. Como por ejemplo con la trabajadora del hogar, a quien hizo comer gusanos para ver si volaba (ya que era su hipótesis del porqué los pájaros podían hacerlo) o al amigo a quien le hizo tragar unos polvos de seidlitz prometiéndole equivocadamente que se elevaría como un globo aerostático. Lo único que le ocasionó fue una diarrea de los mil diablos. A diferencia de la facilista y perezosa varita mágica del tan mencionado Harry Potter de los niños, Al era puro trabajo y experimentación. Solía recoger del bosque toda suerte de materiales: piedras, hierbas y demás que ponía dentro de tarros con la inscripción: “veneno” para que nadie las tocara.
A los doce años Al emprendió un negocio que le diera el dinero necesario para comprar sus libros, solventar sus experimentos y ayudar en la alicaída economía familiar. ¡Y llegó a ganar doce dólares diarios! Con un sentido práctico y comercial que ya se develaba precozmente, obtuvo el permiso para usar uno de los vagones vacíos del ferrocarril que iba de Port Huron a Detroit. Literalmente, ¡su negocio iba sobre rieles! Allí revendía todo lo que una distancia de kilómetros, entre un pueblo y otro, encarecía o hacía faltar: verduras frescas, botones, hilos, entre otras mil chucherías y lo más genial: imprimía un diario del cual era, al mismo tiempo, director, redactor y canillita: el “Weekly Herald”, como lo llamó. La rústica imprenta la había confeccionado con material reciclado: unos cuantos linotipos – regalo de un amigo- y una prensa que él mismo fabricó usando y adecuando una par de cilindros viejos con dos gusanos de bronce.
Fue un avispado editor y, sin saberlo, el más joven de Estados Unidos. Los artículos principales de su diario estaban referidos a las ocurrencias de la guerra de secesión. El morbo de la guerra. Como hasta ahora lo es, él ya sabía que la tinta roja de la sangre se vendía como pan caliente. Nutría sus noticias con los cables de amigos telegrafistas de la línea del ferrocarril, a quienes convenció poner titulares en los tableros de anuncios de las estaciones que luego él ampliaba en su periódico. Es bueno anotar que en su parada de seis horas en Detroit, Al la aprovechaba para ir a una biblioteca cercana donde se propuso leer todos los libros de un anaquel. Y es que no podía con su hermosa manía de leer algo. Solía leer hasta lo que decía el envoltorio de un caramelo y siempre se encargaba de conocer las propiedades químicas de los insumos que allí se anunciaba.
Pero como suele suceder, las audaces iniciativas exitosas siempre conllevan un alto riesgo y éste se presentó un día, cuando una de las sustancias inflamables prendió fuego en el vagón de sus experimentos. Para entonces ya podía pasar como candidato a pirómano. El incidente terminó cobrándole a Al la sordera de una de sus orejas. No debido a la explosión o incendio, sino al soberano sopapo de castigo que el conductor del tren le reviró en la cabezota. El futuro inventor quedó sordo y desalojado a un lado de las vías junto con todos sus cacharros y cachivaches.
Pero así como esas vías del tren fueron escenario de un fracaso, así también fueron origen de una oportunidad. Ésta se presentó cuando haciendo de mercachifle, después de haber sido director de su propio diario, en heroica acción, Al salvó a un niño que casi fue atropellado por el paso del tren. Por esas coincidencias de la vida el niño era el hijo de mister Mackenzie, el jefe de la estación del telégrafo.
-No puedo pagarte el favor pero sí convertirte en el mejor telegrafista del país –le dijo y así fue.
Después de ser despedido de varios trabajos, una vida errante, tan rica en vivencias como pobre de dinero, llegó a Nueva York con un dólar en el bolsillo. Su primer desayuno fue una taza con té que un importador de Ceilán ofrecía gratis a quienes quisieran tomarlo como un anuncio vivo de su calidad, detrás de una vidriera expositiva que daba a la calle principal del muelle. Al pasó varios días sin probar alimento, olvidándose del hambre y distraído por el funcionamiento automático de las máquinas de la Gold Indicator Company que reportaba cada hora el valor del oro en la bolsa neoyorquina. Un bendito día, una de las máquinas se detuvo y los ingenieros y capataces no daban con la falla que provocó la desesperación de muchos clientes ansiosos por tener la información. Entonces entró en escena Edison. Tuvo la audacia de acercarse al dueño, Samuel Lows, asegurando que después de haber observado su funcionamiento por algunos días, podía arreglar el despelote.
-Hágalo- ordenó Lows importándole poco la pobre traza de aquel vagabundo a quien sus segundos casi botan a patadas.
En menos de una hora el problema estuvo resuelto, las máquinas volvieron a funcionar y de buenas a primeras, Edison obtuvo el cargo de capataz de la planta con un sueldo de trescientos dólares. Alguna vez no faltó un ingeniero envidioso que intentando burlarse de su falta de título le preguntó si él era ingeniero. Al le respondió: “No, no soy ingeniero. Yo soy el jefe de todos los ingenieros que usted ve aquí”.
Fue esa falta de “cartón” la que, en lugar de jugar en su contra o ponerle techo a sus aspiraciones, lo llevó a tomar un rumbo más alto que el de ansiar un puesto bien remunerado y en planillas. Quizás por eso, fue en esa misma compañía donde vendió su primer invento: el Impresor Universal Edison, aparato que mejoraba aquellos indicadores y los hacía más fiables, aplicando en él, mucho de la tecnología telegráfica que bien conocía. Le pagaron cuarenta mil “cocorocos” por tal invento de forma que a los seis meses de su llegada a Nueva York y con veintitrés años ya tenía una fortuna en las manos que multiplicaría por mil con cada uno de sus inventos propios y otros que perfeccionó e hizo comercialmente viables. Entonces pudo construir su primer laboratorio de verdad.
Para que tengan una idea de lo que es ser un productivo “workoholic”: Al solo dormía cuatro horas sentado en su silla, podía disfrutar trabajando durante tres días seguidos hasta creer ver fantasmas; no almorzaba más que pasteles traídos de una panadería francesa de la esquina para no embotar su cerebro con otro tipo de comida, y cuando cumplió los setenta y cuatro años recién creyó llegado el momento de disminuir sus horas de labor de dieciséis a catorce horas diarias.
Un día cuando ya era preso de la fama un reportero le preguntó:
-Si usted hubiera podido escoger ¿dónde le hubiera gustado nacer?
-En Marte.
– ¿Por qué?
-Porque el día es 40 minutos más largo, incauto amigo.
Sin duda Al no era un hombre con dotes románticas pues cuando le propuso matrimonio a su primera esposa lo hizo usando el código Morse. “¡Qué monse!”, dijo ella antes de aceptar en el mismo idioma del dot y dash. Entre las mil anécdotas que acompañaron a cada uno de sus inventos se destaca una: Cuando Al presentó su fonógrafo al señor Beach, presidente de la Asociación de inventores, éste, en un primer momento, le acusó de ser el ventrílocuo más genial sobre la Tierra.
-Y si no lo es, señor Edison, pues estoy ante la vista del más grande invento de la historia.
Felizmente para entonces no lo conocían como el ventrílocuo sino como el mago de Menlo Park.
Después de varios inventos de diversa índole que le reportaron jugosas recompensas pecuniarias, Al se dedicó a perfeccionar el de la lámpara incandescente. Apoyado por una cuadrilla de trabajadores apodada “los insomnes”, enfiló todo su esfuerzo a solucionar el problema de obtener una luz continua y eficiente. Y lo hizo desarrollando el más elemental de los conceptos cavernícolas: la relación existente entre luz y calor. Después de mil lecturas, cuarenta mil páginas con croquis hechos a mano, la creación de la ampolla al vacío, miles de ensayos con la ceniza de diversos materiales de bambú que sus enviados trajeron de diversas partes del mundo, creó el mágico filamento solidificado de este material para resistir el paso de una corriente eléctrica. ¡Y se hizo la luz! Un foco de luz que se mantuvo prendido por más de cuarentaiocho horas. El ayudante encargado de medir el tiempo que duraba tal luz terminó ciego por un día al final del experimento. ¡Eureka!, gritó Edison, emulando a su maestro Arquímedes.
Cuando un tiempo después Edison le preguntó al jefe de redacción del Herald de Nueva York qué le parecía el invento, el pobre necio no se le ocurrió sino decir una sonsera más o menos así:
-Ojalá, señor Edison, su invento pudiera servirme en estos momentos para prender mi cigarrillo. Me olvidé mi cajita de fósforos – dijo el nervioso drogadicto.
Al día siguiente recibiría un regalo enviado por Edison. Cuando abrió el paquete encontró un diminuto artefacto metálico del cual debió leer sus indicaciones de uso. Por alguna suerte divina este vicioso señor recibió el primer encendedor eléctrico de la historia.
Thomas Alva Edison decía cuidar su salud porque: “Tengo que mantener mi cuerpo en forma porque me sirve para llevar mi cerebro de un lado al otro”. Se creía tan solo: “un humilde mecánico que trataba de leer los planos del Gran Ingeniero”.
A punto de expirar y de que alguien le “apagase la luz”, alcanzó a decirle a su segunda esposa Mina:
-Es muy hermoso allá.
Y nos dejó, como siempre, con un útil informe de primera mano. Era el 18 de octubre de 1931. Tres días antes de celebrarse el quincuagésimo segundo aniversario de su invento de la luz eléctrica.
¡Vivan los Edison del mundo! ¡Viva el día de la creatividad!

PD: Curiosamente a los productores de Hollywood de la Paramount Pictures se les “prendió el foco” y harán una película basada en la rica biografía de Edison. Se titulará Biopic y la dirigirá J.J. Abrams (director de “Viaje a las estrellas”) ¡Ya era hora de aprovechar a semejante personaje, padre de la cinematografía!

Autor: Sir Gus D’lahamaqué, “Il cavaliere Immobile”

By |2017-10-22T00:48:04+00:00abril 21st, 2015|Historias|3 Comments

3 Comments

  1. Marcelo Moran 21 abril, 2015 at 12:12 pm - Reply

    Muy motivador relato. Felicitaciones.

  2. maramburug 22 abril, 2015 at 8:34 pm - Reply

    Interesante, lacónica reseña de un gran impulsor, de lo que consigue la constancia, para regalarle mejoras de Vida, a la humanidad, que adolece de memoria en ciertos casos.

  3. Emilio Fernández 24 abril, 2015 at 7:04 am - Reply

    Mejor ejemplo que el señor Edison para motivar las nuevas generaciones a la creatividad es imposible, Ahora solo falta que lean este mensaje muy bien elaborado. Saludos

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